Relaciones entre el comercio y la preservación del ambiente
(in lingua spagnola)
del Dr. Héctor Jorge BIBILONI
Abogado
Prof. Derecho Procesal
Universidad Católica de La Plata. Argentina.
Prof. Derecho Ambiental
Universidad de Belgrano. Buenos Aires. Argentina.
¿Que significado le daremos al término comercio?
Considerando la
ambigüedad que tiene el lenguaje y la función de símbolos que cumplen las
palabras, nos parece esencial para la eficacia de la comunicación, determinar
previamente y con cierto grado de precisión, cual es la significación
convencional que se le dará en este trabajo, a los términos más importantes que
usaremos.
El comercio pudo haber sido una de las más antiguas actividades del
hombre, y más allá de cualquiera de sus definiciones doctrinarias, y solo a los
fines que nos hemos propuesto aquí, será entendido como “toda actividad que tenga
por finalidad o resultado, el intercambio de cualquier elemento material o
inmaterial susceptible de adquirir un valor, ya sea un bien, un servicio, o toda
prestación útil o deseada, entre personas físicas, jurídicas o poblaciones humanas,
cualquiera sea el ámbito físico, psíquico, virtual, cultural o sociopolítico en
el que estos actos se desarrollen”. A ese ámbito o cualquier otro en el que se despliegue
alguna clase de actividad comercial le llamaremos mercado.
¿Qué entenderemos por ambiente?
Los términos con los que
distintos autores intentan conceptuar la cuestión ambiental son de lo más
variados, ambiguos, y tan distintos como los son sus mismos anunciantes. Así
tenemos desde una acepción naturalista del concepto, en el que se lo señala
como “la problemática ecológica en general, junto con el tema capital de la
utilización de los recursos naturales a disposición del hombre en la biosfera”[1]
hasta caracterizaciones de un contenido bastante más indefinido, como la que lo
define diciendo que es “el conjunto de factores que influyen sobre el medio en
el cual vive el hombre”[2],
y también abundan los autores que han asimilado al ambiente con la naturaleza
misma.
No es sencillo formular
un enunciado que resulte comprensible y a la vez comprensivo de todos los
fenómenos que intervienen en el ambiente, máxime si consideramos la cantidad de
complejas relaciones que deberían describirse para incluirlas en la definición,
porque muchos de esos vínculos aún permanecen desconocidos, y otros se siguen
descubriendo día a día. En el intento de abarcar a todas esas relaciones, los
autores necesariamente han debido utilizar términos de una amplitud conceptual
cada vez mayor, con lo que paulatinamente se ha ido perdiendo precisión en su significado.
El diccionario Grand
Larousse define al ambiente como “el conjunto de elementos naturales o
artificiales que condicionan la vida del hombre”, otro lo caracteriza como el
“conjunto de factores externos capaces de influir en un organismo”[3]
.
El diccionario de la Real Academia
Española describe al medio como “el conjunto de personas y circunstancias
entre las cuales vive un individuo”, y al ambiente como “las circunstancias que
rodean a las personas o a las cosas”.
Estos pocos ejemplos
bastan para ilustrar las dificultades apuntadas, por lo tanto y solo a los
fines que nos hemos propuesto en este trabajo, consideraremos al ambiente como
al equilibrio de las relaciones que
vinculan a los organismos vivos con el medio en el que viven.
¿Cuales han sido los objetos sobre los que recayó la actividad
comercial, y cuales sus consecuencias ambientales?
Los elementos que han
sido objeto del comercio han crecido en cantidad y también han variado
sustancialmente a lo largo de la historia de la especie humana, mostrando en su
evolución diferentes etapas de desarrollo, y consecuentemente, - con el tiempo y
con los cambios --, también se han ido modificando los efectos que dicha
actividad ha producido en el entorno vital. Tanto el crecimiento como las
transformaciones sufridas por lo que ha sido objeto de la actividad comercial aún
son constantes, y han acompañado al hombre a lo largo de todo el camino de su
evolución biológica, psíquica, sociocultural y económica.
Examinaremos brevemente
los hitos más importantes que jalonaron ese camino, poniendo especial atención
a las épocas en las que aparecieron los cambios, cuales fueron sus causas,
cuales las consecuencias que han derivado de esos diferentes estados, y de que
modo la evolución de nuestra propia especie los fue acompañando, explorando el
impacto ocasionado por las actividades mercantiles, en el entorno en que la
vida se desarrolla.
En un principio, y una
vez asentadas las primeras hordas humanas, una economía únicamente agrícola y
ganadera hizo que la actividad comercial se materializara casi exclusivamente sobre
los frutos de la tierra. Así, cuando una determinada región disponía de excedentes
en su producción primaria, simplemente los intercambiaba con otros excedentes provenientes
de regiones vecinas. Toda la actividad comercial, basada en el trueque, se
circunscribía al canje de bienes
elementales, destinados a satisfacer las necesidades vitales básicas de la supervivencia,
principalmente en lo referido a la alimentación y al abrigo. Las comunidades
humanas no estaban concentradas aún, y su misma dispersión en el territorio hacía
que el impacto ambiental de estas actividades fuera mínimo, sin alcanzar entidad
suficiente para alterar el equilibrio de los sistemas sustentadores de la vida,
enuna primera etapa que pudo haber comenzado unos 30.000 años atrás.
Pero un día el abuelo
cuaternario descubrió que podía hacer quesos con la leche de esa oveja que le
sobraba, y que le convenía más negociar esos quesos, y quedarse con el animal.
Ese día se inició una segunda etapa en la evolución de los objetos que podían
ser materia de intercambio, porque se comenzó a incluir en a los productos en la actividad comercial del mercadeo.
Los productos que podía suministrar una economía de base agrícola no eran
muchos y su elaboración era completamente artesanal, por lo tanto tampoco
generaban una presión suficiente para alterar el equilibrio de las fuerzas que
operan en el ambiente, armonía que la dinámica propia de los ecosistemas tiende
naturalmente a restablecer cuando reciben un impacto, sea este causado por
hechos naturales o por las actividades humanas. Con la inclusión de los productos
entre los objetos del comercio podríamos decir que comienza una segunda etapa,
tal vez hace unos 20.000 años.
Pero he aquí que con el
agregado de los productos a la canasta comercial, también quedaron
automáticamente incluidos entre los valores del mercado, los primeros servicios que eran necesarios para producir
aquellos primeros productos. Para hacer los quesos hacía falta más mano de obra
que atienda y ordeñe la hacienda, y también el trabajo especializado de los
primeros maestros queseros, a los que de algún modo había que retribuirles por
su tarea.
La inclusión de los
servicios en el comercio provocó, - a nuestro criterio -, el primer antecedente
de impacto ambiental relevante de las actividades humanas, que otros autores
han visto en la rotación de los primitivos cultivos. La rotación de cultivos
tenía por finalidad la satisfacción de necesidades de la propia comunidad que era pequeña, mientras que la prestación de
servicios tendió a satisfacer primero necesidades y luego deseos ajenos, abarcando un espectro mucho mayor
y además expansivo.
La diferencia es
importante, porque los prestadores de aquellos primitivos servicios se vieron obligados
a vivir cerca de los lugares en los que hacían su trabajo, y por esa necesidad de
cercanía, se inició en aquellos lejanos tiempos una tendencia a la concentración
de las poblaciones humanas, que se ha mantenido constante a o largo de los
siglos, y que provoca aún hoy un enorme impacto ambiental en todo el planeta.
En mayo de este año 2007
el departamento de demografía del gobierno de Francia publicó un trabajo estadístico
que demuestra que el 50% de la población humana mundial vive hoy en ciudades, y
que la corriente global de migración hacia los centros urbanos se mantiene constante
a razón del 1% anual.
El ser humano, - igual
que todos los seres vivos -, necesita disponer de una cierta cantidad de
energía para mantener la actvidad de sus funciones vitales. Esa energía la toma
espontáneamente del medio en que vive, en forma de alimentos, de radiación y de
movimiento. Cada área territorial dispone naturalmente de una cantidad limitada
de energía, a la que recurren todos los
seres vivos para nutrirse, y por eso a esos bienes naturales que proveen
energía se les llama recursos. Los
más importantes son el aire, el agua, y los nutrientes que provee el suelo.
Cuando hay demasiados
individuos proveyéndose de los recursos disponibles en una misma área, estos
comienzan a escasear, y entonces ambos se debilitan, tanto los individuos como
los recursos. Esto hace que disminuya progresivamente el sustento disponible
para esa población en ese área, y además el sistema se va degradando por ese
sobre consumo que sufren sus recursos. Aparecen entonces dos efectos diferentes
y simultáneos que interactúan potenciando sus efectos entre sí.
Uno es que el sobre consumo
de los recursos, va degradando al
sistema.
El otro, es que un
sistema degradado produce a su vez cada vez menos y menos recursos, y por ende sustenta
cada vez menos y menos individuos.
Cuando se inicia esta
espiral, decimos que el equilibrio de ese sistema se ha roto, porque ya no
puede sostener la cantidad de individuos que contiene, y en consecuencia que se
ha vuelto insostenible. Si esto
sucede, los individuos se debilitan, se reproducen menos, se enferman más, mueren
más jóvenes, hasta que llega el momento en que la población disminuye
nuevamente, hasta alcanzar la cantidad de individuos sostenible para el área
que los contiene.
La capacidad de carga o de sostenimiento del área actúa como un
factor limitante al crecimiento poblacional de las especies vivientes.[4]
Esto sucede con todas
las poblaciones de todas las especies, excepto con la humana.
Nuestro linaje dotado de
un grado de inteligencia suficiente, tuvo a su alcance la posibilidad de
desarrollar mecanismos para proveerse de fuentes energéticas derivadas de otras
áreas. De ese modo superó los factores limitantes de los recursos del área que
ocupa, con sus consecuencias lógicas: 1) se mantuvo constante la corriente de concentración
de individuos hacia áreas reducidas, 2) también se mantuvo constante una alta tasa
de crecimiento poblacional. 3) cada vez más individuos y más actividades
humanas se ocuparon de aumentar los recursos del área, 4) disminuyó progresivamente
el flujo energético de las demás áreas, en la misma medida y al mismo ritmo en
que aumentaba en las áreas sobreocupadas, 5) otras especies vivientes se fueron
quedando sin flujo energético; la carencia de alimentación suficiente, de agua
o de espacio vital primero debilitó sus poblaciones y luego las fue extinguiendo
una a una.
Creemos que esto comenzó
a suceder en los sistemas sustentadores de la vida con la incorporación de la
fuerza de trabajo entre los objetos aptos para el intercambio comercial porque,
- como ya expresamos -, inició las concentraciones humanas, y potenció enormemente
la expansión del mercado, ejerciendo una presión constante y progresiva que aún
se mantiene, y dando origen a conductas que han derivado en los enormes
impactos ambientales que hoy padecemos, en lo que podríamos llamar una tercera
etapa de la evolución comercial, iniciada probablemente unos 15.000 años atrás.
La producción de cada
región dependía de su clima y de su suelo, y ambos factores variaban muy poco
de una comarca a otra, por eso el abuelo descubrió pronto que a sus vecinos les
sobraban más o menos los mismos productos que a él, y hasta en la misma época
del año. Poco le llevó comprender que le convenía más el intercambio de sus
mercancías con otras poblaciones humanas que habitaran en tierras más lejanas,
porque ellas tenían otros suelos, otros climas. Con ellos hacía mejores
negocios, porque tenían más necesidad de sus productos que sus propios vecinos,
en consecuencia los pgaban mejor.
Para satisfacer la reciente
demanda de estos nuevos nichos de mercado, pronto el abuelo necesitó
transportarse y transportar sus mercancías, y entonces inventó los medios de transporte que, aunque
funcionaran con tracción de sangre o por las fuerzas de los vientos y las
corrientes, demostraron tanta utilidad y tantas ventajas para el comercio, que pronto
se convirtieron ellos mismos en nuevos objetos de negocios, en lo que podíamos
llamar una cuarta etapa en la evolución de los mercados, que pudo haber
comenzado hace unos 12.000 años.
Con el traslado de las mercancías
el volumen de la masa en intercambio y la fluidez de las operaciones fueron
aumentando rápidamente, entonces el comercio ya no se limitó solamente a bienes
destinados a satisfacer necesidades, y comenzó a incorporar también aquellos
objetos que satisfacían deseos. Si alguien quería tener un cristal de Murano, o
los servicios de un artesano extranjero,
debía entregar diez o quince ovejas por su capricho, o más quintales de granos,
o satisfacer los deseos del artesano a su servicio, o dos canastas de quesos, dependiendo
en cada caso de las circunstancias y de su interés en la cosa. Una expansión
que data ya de unos 8.000 años.
La diversidad de los
objetos que conformaban la masa en trueque, los tiempos y las distancias, junto
a la complejidad creciente del entramado comercial hizo necesario contar con bienes de cambio que facilitaran las
transacciones. Una función que desempeñaron primero las especias y algunos metales
y luego el dinero, usados como medios de
pago, tal vez unos 4.000 años atrás.
Con el aumento del
mercado gracias a los medios de transporte, ingresaron entre los objetos de
comercio los mismos medios de transporte, y los servicios de porteadores, cocheros,
guardias, mercaderes, tripulaciones y personal de apoyo en las rutas, junto a
muchas otras tareas y funciones auxiliares de la actividad comercial, como
correos, vendedores, cobradores, y tantos otros. Cuando ingresaron en el
mercado los medios de pago, también se convirtieron rápidamente ellos mismos en
otros nuevos objetos de comercio.
Con la incorporación de
los metales preciosos y especialmente con la creación del dinero, ingresaron al
mercado los primeros símbolos. Eran
objetos sui generis, carentes de
ritualidad para satisfacer por sí mismos las necesidades primarias, pero pronto
adquirieron enorme valía por su calificación convencional, y sobre todo porque simplificaron
mucho la adquisición de poder, por la facilidad con que se los podía acumular, todo
esto desde hace más de dos mil años ya.
Con los riesgos que
derivaron de esa acumulación aparecieron los bancos, y con ellos hicieron su entrada triunfal en el mercado,
como novísimos objetos de comercio, también intangibles y abstractos, la honestidad
y la buena fé
En este escenario, las
fuerzas de trabajo fueron cada vez más demandadas para mover los variados mecanismos
y las redes de producción y de intercambio, consecuentemente los seres humanos se
hicieron tan o más importantes que los mismos bienes y productos transportados.
Esa demanda de mayor cantidad de mano de obra, impuesta por las reglas y las
necesidades comerciales, generó requerimientos cada vez mayores de mano de obra,
y por eso las personas se transformaron en un nuevo objeto de comercio.
Aparecieron las diferentes
formas de esclavitud por razones comerciales, (no bélicas como había sido hasta
entonces) y así nació el tráfico y la venta de seres humanos. La legalidad circunstancial y aparente de estas
actividades mercantiles no obsta a su calificación ética. Tal vez este hito
señale una de las más antiguas violaciones masivas a las reglas éticas, provocada
por las exigencias generadas por la libre aplicación y el imperio irrestricto de
las reglas del mercado de consumo.
Como consecuencia de
estas conductas, siguió variando el mapa de distribución de las poblaciones
humanas en las diversas regiones del planeta, y acentuándose la tendencia a la
concentración de individuos en áreas reducidas, provocando cada vez mayores
impactos ambientales y desequilibrios en los sistemas sustentadores de la vida,
en lo que podemos denominar como otra etapa en la evolución de las relaciones
entre el comercio y el ambiente, probablemente iniciada en oriente unos 1.000
años atrás, con apogeo en occidente en los siglos XV y XVI con el
descubrimiento y conquista de nuevas
tierras en América y en Africa.
Si bien esa necesidad de
fuerzas de trabajo seguían creciendo a medida que crecían las redes del mercado,
ya la evolución del conocimiento, los descubrimientos de las ciencias, y sobre
todo la aplicación técnica de esos
descubrimientos científicos, había hecho posible la aparición de las primeras máquinas. Aparatos que al principio no
tenían por finalidad la creación de nuevos productos, sino que tendían a reemplazar
a las caras y escasas fuerzas humanas de trabajo, en la producción,
fabricación, transporte y distribución de los mismos bienes que ya existían.
El maquinismo tendía a
sustituir al artesano, e inicialmente estuvo dirigido a la elaboración de los
mismos objetos que se podían hacer a mano, y que en su mayoría seguían
satisfaciendo primordialmente necesidades humanas primarias, como son la
alimentación, el vestido, la vivienda, o el transporte. No cambiaron los
productos, sino la producción, porque gracias a la máquina, podía hacerse más
tarea con menos gente, más fácil y en menos tiempo.
La mecanización obligó a
modificar pautas esenciales de la vida diaria y de la cultura de nuestra
especie, entre otras manifestaciones apareció la familia nuclear, la vivienda
pequeña y cercana a la fuente de trabajo, la propiedad horizontal y la
educación estructurada, de horarios rígidos y sistematizada para que el
individuo se habituara desde pequeño al cumplimiento de los horarios y de las pautas
que imponía la producción fabril.
Las ventajas del uso de todos
estos aparatos fueron tan evidentes, que en muy poco tiempo las mismas máquinas
se convirtieron en bienes de uso, y
por ende ingresaron rápidamente en los circuitos mercantiles de intercambio. La
máquina quedo incorporada como uno más entre los múltiples objetos del
comercio, en una etapa que se inició en Europa hace unos 500 años. Su expansión
tuvo enormes consecuencias, y marcó la
consolidación definitiva del divorcio entre la producción y el consumo.
En esta época
desapareció para las poblaciones humanas toda posibilidad de sustentarse con
los recursos del área que ocupaban, y para proveerse de los bienes esenciales
destinados a la supervivencia, se hicieron absolutamente dependientes del
comercio y de la operaciones del mercado, único modo de allegarse los recursos
energéticos imprescindibles para sobrevivir.
El volumen del mercado y
la complejidad de sus actividades, día a día más numerosas e interconectadas,
otorgó preponderancia a las funciones y actividades de individuos expertos que,
por sus posiciones dominantes de las reglas comerciales, detentaron crecientes
cuotas de poder. Por ello hicieron su aparición en escena nuevos objetos de
comercio, como el tráfico de influencias,
la intermediación, las comunicaciones y
la corrupción.
Las nuevas fuentes de energía.
Las máquinas eran
artefactos que ya no funcionaban ni con animales ni con el viento, como los que
se habían utilizado hasta entonces, sino que requerían el uso de otras fuentes
de energía nuevas. Hacía falta que la fuerza impulsora pudiera empaquetarse, transportarse,
almacenarse, dosificarse y liberarse a voluntad en pequeñas porciones, y esas
funciones fueron cumplidas a la perfección por los combustibles fósiles.
La primera fuerza la
proporcionó el vapor, y se obtuvo inicialmente del carbón, luego fue el
petróleo y más tarde el gas, todos elementos cuya obtención exigía
explotaciones mineras, grandes instalaciones, complejos procesos de
elaboración, de transporte y distribución. La obtención de estas nuevas fuentes
de energía, generaba gran cantidad de daños ambientales. Socavones, derrames, residuos
sólidos y contaminación atmosférica, que se agregaban a la polución ambiental
derivada del creciente funcionamiento de las propias máquinas que lo hacían por
medio de la combustión.
Al impacto ambiental de
la expansión demográfica y de las concentraciones urbanas se le agregó ahora la
polución del aire, del agua y del suelo, debidas a la rápida proliferación de
la actividad de las máquinas, cuyos primeros exponentes fueron los viejos
telares de Lancashire, y los últimos y más revolucionarios, ya en el último
siglo, fueron el automóvil y el aeroplano. Las máquinas no solo revolucionaron
el transporte, también modificaron parámetros esenciales de la vida de relación
de nuestra especie, como son las
percepciones humanas del tiempo y del espacio.
Los combustibles fósiles
y las fuentes de energía no renovables ingresaron a su tiempo como nuevos
objetos al mercado comercial, en otra etapa, hace unos 400 años
Al convertirse las propias
máquinas en nuevos productos, se hizo necesario fabricarlas en cantidades
también crecientes, con lo que nacieron nuevas industrias que mediante el uso de unas máquinas, fabricaban otras
máquinas. Junto a la proliferación de estas máquinas que hacían más máquinas,
se desarrollaron vertiginosamente una miríada de otras industrias paralelas, auxiliares
y satélites, que les fabricaban productos o les prestaban servicios a esas
fábricas de máquinas y a las personas que trabajaban en ellas.
Esta etapa de la
evolución del mercado tomó la denominación de “el maquinismo”, y generó cambios
muy profundos en la cultura, en la sociedad y en las concepciones humanas de su
época, a punto tal que revolucionó a todas las ciencias y conmovió hasta los
cimientos de la misma filosofía. El maquinismo ofrecía abundantes explicaciones
para todos los fenómenos, y las máquinas se convirtieron pronto en la panacea
para todos los males, incluidas las enfermedades. Su influencia fue tan grande
que llegó a mover las bases en que se asentaban todas las ciencias. Se habló de
mecánica celeste para explicar los movimientos
cósmicos, y hasta la biología y las ciencias médicas comenzaron a tratar a los
organismos vivos como si fueran máquinas, aplicando los principios del
maquinismo en los métodos de investigación científica y en los tratamientos del
arte de curar. La Mettrie,
físico y filósofo francés declaró en 1748 que el hombre era una máquina, y más
tarde Adam Smith aplicó los principios
del maquinismo a la economía, bajo la noción de sistema, Lenin hablaba de la
máquina capitalista, y Trotski de los engranajes del mecanismo social. Se instaló
una verdadera “mecanomanía”. [5]
Si hasta aquí los
mayores consumidores de energía de la naturaleza habían sido las poblaciones
vivientes, el desarrollo del maquinismo introdujo en el escenario natural a
otro potente, hambriento y ávido consumidor de energía. Si los organismos vivos
necesitan energía durante su vida, (poca al principio, luego una mayor cantidad,
que nuevamente se reduce al final de su ciclo vital) estas nuevas consumidoras de
recursos energéticos fueron abriendo un ciclo de consumo creciente, progresivo
e insaciable,[6]
que además aumentaba constantemente y se prolongaba en forma exponencial, con
consecuencias que llegaban mucho más allá de la existencia humana de sus mismos
creadores.
La inclusión de las
industrias de máquinas, con su propio ciclo energético de consumo, junto a una
compleja red de efectos recíprocos que se potenciaban entre sí, introdujo otro
factor de enorme desequilibrio energético en los sistemas sustentadores de la
vida, alterado sustancial y definitivamente la relación del hombre con la
naturaleza, y provocando consecuencias que hasta entonces habían sido desconocidas.
Las industrias fabricantes de máquinas y auto consumidoras de grandes
cantidades de energía también entraron rápidamente entre los objetos de
comercio, iniciando otra nueva etapa comercial, desde hace unos 300 años.
Estos nuevos procesos
industriales se basaban en la aplicación técnica y práctica de aquellas leyes y
principios abstractos que habían sido descubiertos ya en las pizarras por los
científicos. Las máquinas demostraban con eficacia que era posible, - y además rentable
-, transformar en reales y concretos los desarrollos genéricos ofrecidos por
las ciencias, lo que dio un nuevo y formidable impulso a su brazo armado, que
es la tecnología.
Y como los
procedimientos tecnológicos podían transferirse por contrato, estos procesos fueron
a aumentar la creciente pila de beneficios intangibles, e inmediatamente convertidos
en nuevos productos de mercado, también aptos para el comercio y para el
intercambio, iniciando otra etapa en la evolución de los objetos de comercio,
hará unos 250 años.
El matrimonio entre la energía y
el poder.
Como puede apreciarse, paso
a paso se fue formando una enorme y compleja red de producción y de consumo, que
se retroalimentaba a sí misma generando cada día nuevas necesidades, creando y perfeccionando
permanentemente complejos mecanismos que ayudaran a aumentar la demanda de los
consumidores, o a crear en la sociedad la necesidad de sus nuevos productos, cada
vez más variados, que integraban su creciente canasta mercantil.
Un laberinto de causas y
efectos potenciándose entre sí, plagada de reciprocidades derivadas de las
crecientes actividades industriales y de las generadas por el aumento desenfrenado
de todos estos distintos objetos de comercio, hizo necesario el consecuente
aumento de las fuentes de energía, indispensables a la hora de mantener en
movimiento todos estos nuevos sistemas, porque las poblaciones humanas
dependían cada día más de su buen funcionamiento.
La posibilidad de
acumular energía le dio un enorme impulso a una vieja ambición del individuo
humano, la de acumular poder.
Al mismo ritmo y en la
misma proporción que crecía esta intrincada maraña de personajes y de relaciones
comerciales, de productos y de servicios, de causas y de efectos, de ideas y de
energía, aumentaron los factores de poder entre los distintos individuos y entre
las diferentes poblaciones humanas, en la misma medida en que cada uno podía
disponer de nuevas y versátiles fuentes de energía.
El aumento se apoyó en
la mayor posibilidad de acumularla y de disponerla. El que dispone de más
energía tiene más combustible que el otro, y no solo puede tener más máquinas
funcionando y desarrollar mejores tecnologías, también puede retener esa
energía para evitar que funcionen las máquinas del otro, y por lo tanto siempre
tiene poder sobre él.
El ejercicio de ese
poder se sostiene precisamente en esa superior disponibilidad, que es el factor
que desnivela las circunstancias en su favor, por eso en los hechos resulta ser
el más fuerte. Porque dispone de mayor cantidad de energía prevalece su voluntad
sobre la del otro.
Lo gobierna.
Los primeros límites
territoriales de las poblaciones humanas eran fronteras de poder, y mostraban a
los pueblos vecinos hasta dónde se ejercía la voluntad de los que gobernaban en
esa región, o sea de los que disponían de sus mayores recursos energéticos.
Hoy, a las bisnietas de
aquellas primeras fronteras de poder las llamamos fronteras políticas, y con
ellas pretendemos mostrar a los vecinos hasta dónde debería ejercerse el poder
político de cada región, o sea hasta donde debería llegar esa especie en
extinción que todavía llamamos pomposamente Soberanía …
Un concepto cuyo
significado se ha esfumado en la historia, frente a la formidable acumulación
de energía, y por ende de poder, que detentan hoy algunas regiones del globo.
Antiguamente, el exceso
de energía del que podía disponer un artesano le permitía sostener su primitivo
taller, que era su orgullo, y a la vez su medio de vida, porque en la pequeña
comunidad en la que vivía, él canjeaba sus pocos productos artesanales por
otros que necesitaba, o que simplemente quería.
Después el taller creció
y se hizo fábrica, y a su alrededor surgieron enormes ciudades fabriles,
enlazadas por complicadas redes ferroviarias y de comunicaciones, de las que
fueron saliendo millones y millones de productos todos idénticos. Camisas,
zapatos, automóviles, etiquetas, relojes, juguetes, jabones, ametralladoras, motores,
pastillas, botones, todos análogos y fabricados en serie.
La fábrica largaba
tantos productos iguales, que debieron inventarse la exportación y los bancos
para que todos ellos pudieran venderse y cobrarse. Después las fábricas se
agruparon y se convirtieron en industrias,
que a su vez largaron cantidades mayores de artículos todos idénticos, y
entonces tuvieron que inventarse los sindicatos,
las horas extras y las tarjetas de crédito.
Más adelante las
distintas industrias se amontonaron formando corporaciones, y entre otras minucias
se inventaron los sobornos, el lobby
y el marketing.
Si el antiguo taller
pudo funcionar con la poquita energía que le sobraba al artesano, ese sobrante
a la fábrica ya no le alcanzó, por eso tuvo que salir a comprar más energía con
el dinero que se había depositado en aquellos bancos recientemente inventados.
Algunos gobernantes poderosos que tenían energía acumulada se la vendieron.
Y después llegó la
industria, que necesitó mucho más energía que la fábrica, y también encontró
vendedores. Compró horas extras que le vendieron los sindicatos, pidió
prestado, no devolvió, y además gastó el crédito disponible hasta agotar todas
las tarjetas. Entonces aparecieron las corporaciones que usaron el marketing para saber dónde había que
hacer lobby o pagar nuevos sobornos
para obtener más energía aún.
Y hubo gobernantes
débiles o corruptos que se la vendieron…
Hoy las corporaciones se
han asociado en grupos corporativos que desde las regiones del planeta que se auto
titulan “desarrolladas”, manejan, explotan y administran el 99% de los
recursos energéticos aprovechables de la Tierra.
Frente a este enorme
monopolio de los recursos, ya no quedan muchos gobiernos con bastante
poder ni fuerzas suficientes para oponerse, y por eso han perdido sentido y
razón de ser la soberanía y todas las
fronteras políticas.
Los pocos individuos que
se deciden a enfrentar a estos enormes grupos de poder, lo tienen que hacer
inmolándose, y destruyendo con bombas y misiles sus mercados.
Y también por eso han
quedado inventados el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, los Fondos de
Inversión, la aldea global y las guerras preventivas.
Por ello junto a las fuentes de energía, otros entes más
abstractos adquirieron también la categoría de bienes de intercambio que se
añadieron a los ya existentes. El marketing, el lobby y los sobornos se
graduaron como objetos de comercio en etapas más recientes de la evolución
mercantil.
La electricidad.
Dentro de este capítulo dedicado
a las fuentes de energía, la electricidad
ocupó y ocupa aún un lugar especial, porque ha sido un elemento esencial para
el crecimiento y la aceleración de todos los procesos descriptos, y también de
todos aquellos que involucran la creación, producción, transporte y distribución
de bienes, servicios y de cualquier otro elemento. Sus aplicaciones modificaron
a todos los objetos de comercio que hemos analizados hasta aquí, y a partir del
descubrimiento de sus métodos de generación, también se convertirá en vehículo
necesario para la aparición de otros muchos fenómenos complicados y
relacionados entre sí, que aún no se han descrito.
El descubrimiento de las
características y cualidades de la energía eléctrica, el desarrollo de las
técnicas necesarias para su generación, sus aplicaciones y su distribución, son
hitos insoslayables a la hora de hacer cualquier análisis o evaluación de la
era tecnológica y del funcionamiento de los mercados de intercambio. La
electricidad se reveló como una manifestación revolucionaria de la energía, con
una movilidad que hasta ese momento era desconocida, con una enorme una fuerza inmaterial,
y a la vez carente de contención, de volumen y de peso. Una energía fácilmente
transportable, de distribución sencilla a través de grandes distancias, y fácil
de suministrar en los más remotos puntos de consumo. El descubrimiento y la
explotación de las cualidades de la electricidad alteraron sustancial y
definitivamente las relaciones del hombre con la naturaleza, iniciando un
camino evolutivo que ya no tiene retorno, con dimensiones que exceden los límites
de la propia existencia humana, con una nueva revolución en la percepción de las
propias dimensiones espaciales y
temporales.
La electricidad se
convirtió velozmente en un factor esencial para la expansión del comercio,
llevándolo hasta la puerta misma de cada morada humana. Gracias al fluido
eléctrico, cada vivienda incorporó a su funcionamiento y a todos sus sistemas, la
iluminación, el maquinismo, la calefacción,
la mecanización, los sonidos, y ahora la información,
todos ellos nuevos objetos de comercio cuyas propiedades y funciones se agregaron
al mercado.
La electricidad es una
forma de la energía que no es pasible de almacenamiento, por lo tanto para
disponer de ella en forma útil, es necesario generarla continuamente, y esa
generación se efectúa mediante procesos de conversión energética realizados por
máquinas diseñadas a ese fin.
La energía térmica,
primero derivada de la combustión y más tarde de la fisión del átomo, la
energía hidráulica o la eólica, derivadas del comportamiento de los fluidos,
fueron y aún son hoy, las principales fuentes generadoras de esa maravillosa e
imprescindible fuerza de impulsión en la que hoy en día se apoya el 99% de la
existencia humana.
La necesidad de recibirla
y de disponerla, fue también el inicio de la dependencia de nuestra especie, al
funcionamiento de sistemas públicos de generación y distribución, ajenos a la
voluntad individual. Si la supervivencia
de las poblaciones urbanas ya estaba sometida a las reglas del mercado
para obtener su sustento, ahora las redes distribuidoras de electricidad se
agregaron a los objetos imprescindibles para vivir en las urbes, y además
abrieron la puerta, tanto para el ingreso a la escena, como a la posterior
expansión y desarrollo, de otro nuevo objeto de comercio mucho más reciente y
abstracto del que hablaremos luego; la tecnología
electrónica.
La electricidad hoy por
hoy se ha convertido en una fuente de energía insustituible, de demanda
constante y creciente, que no es fungible ni es acumulable, y se ha transformado
en uno de los soportes básicos de todas las manifestaciones de la vida humana,
a punto tal que su eventual e hipotética desaparición provocaría una hecatombe
global instantánea, con pérdida de millones de vidas, y acarrearía inmediata e
irremediablemente el derrumbe y la desaparición de todos los mercados, y de
todos los sistemas actuales de producción y de intercambio.
La producción de
electricidad, por la versatilidad de sus aplicaciones, por la dependencia que
induce, por su importancia energética, es actualmente la actividad que provoca
el mayor impacto en los sistemas sustentadores de la vida, y la que los está desequilibrando
gravemente en todo el planeta. Es causa de los mayores daños ambientales porque
en un 90% se basa en la conversión de energía de fuentes no renovables.[7]
Todas esas maravillosas cualidades
de esta nueva forma de energía han impulsado a la electricidad, un fluido abstracto, incorpóreo, inmaterial e
invisible, a añadirse también a los objetos de comercio, ahora graduada como
tal y con honores, en una fase que comenzara unos 100 años atrás.
El crecimiento veloz y exponencial
de todos los procesos descriptos, alimentados ahora con la rápida y limpia energía
eléctrica, auto generadores y auto consumidores de sus propias creaciones, catapultó
a la actividad comercial e industrial, que concibió y realizó cantidades
también industriales de los más diversos elementos destinados al mercado, lo
que exigió una expansión también exponencial de la red energética, de los
transportes y en especial de los medios de intercambio y de comunicación. La
electricidad puso al alcance de la especie humana posibilidades infinitas,
muchas de ellas aún hoy inexploradas. Una de las primeras, entre tantas otras,
fue la iluminación artificial, y
consecuentemente la prolongación indefinida de la jornada industrial y
comercialmente productiva, que ayudó a realimentar y acelerar tanto el
crecimiento como el funcionamiento eficaz de la redes en las que opera el
mercado.
Las comunicaciones:
Procedimientos complejos
como los que estamos analizando necesitan de comunicaciones fluidas y
eficientes, por lo tanto se inventaron, se compraron y se vendieron primero los
telégrafos, después los teléfonos, y más tarde los servicios que cualquier aparato de
comunicación pudiera prestar. Ya sea que fueran materiales o inmateriales,
todos se habían convertido en objetos de comercio, hace unos 80 años.
Mas adelante ingresaron
en esta categoría las transmisiones inalámbricas, entonces las bandas y
frecuencias, que son las autopistas por donde circulan las ondas
electromagnéticas, también se compraron y se vendieron. Y las estaciones de
transmisión, y los receptores de ondas, convertidas primero en sonidos y luego
en imágenes, fueron otros objetos de comercio.
La aceleración del desarrollo
industrial, la cantidad y la diversidad del contenido de las transacciones, derivadas
de los fenómenos analizados hasta aquí, llevó a la necesidad de vender cada vez
mayor cantidad y diversidad productos, lo que hizo inevitable la búsqueda de mecanismos
nuevos para obtener más clientes. La estimulación
del consumo, la penetración en otros mercados,
y nuevos procedimientos de gestión
fueron algunos de los instrumentos utilizados. Por medio de la publicidad y de la creatividad se desarrollaron nuevas técnicas de persuasión, que pronto fueron también otros
nuevos objetos de comercio. El dominio de todas estas técnicas y algunas otras,
que los anglófonos llamaron know how,
fue otro ente incorpóreo que también se compró y se vendió en el mercado en
etapa reciente, iniciada aproximadamente unos 70 años atrás.
Aparecieron estos
técnicos en especialización, que funcionan como integradores de los sistemas
que operan en la sociedad. Expertos en el conocimiento y en el manejo de los
mecanismos del mercado, llamándose a sí mismo ejecutivos, o coordinadores,
presidentes o directores, burócratas de toda laya, brotaron por doquier
definiendo funciones y asignando tareas. No invirtieron un céntimo ni arriesgaron
capital, ni tampoco aportaron fuerza productiva de trabajo, pero trazaron y
trazan planes, fijan criterios, otorgan permisos y determinan las reglas que
motorizan la producción, la distribución, los transportes o las comunicaciones.
Son los armadores del sistema, y los guía el único objetivo de lograr la
optimización funcional de todos los mecanismos que operan en el mercado.
El poder por el que
discutieron sociólogos y filósofos durante años, no se asienta ya ni en el
capital ni en el trabajo, no lo detentan ni los capitalistas ni los
socialistas, sino estos nuevos tecnócratas,
amparados por el anonimato que se garantizan a sí mismos con el manejo de
los medios de integración.
Nuevos objetos de
comercio que las agencias y consultoras compran y venden todos los días en el
mercado actual de consumo.[8]
La electrónica:
Por aquella puertita que ya había abierto el
descubrimiento de la energía eléctrica, se coló en el escenario humano otro
elemento desconocido que prontamente habría de devenir en otro novísimo,
complejo e insustituible objeto de comercio, también abstracto y revolucionario.
La electrónica. Si primero se
compraban y vendían bienes de capital, luego fueron los servicios, más tarde
seres humanos, y se compraron los bienes de uso, y las fuentes de energía. Si
se vendieron las ideas, la moral, y también se comerció con la energía misma,
la electrónica introdujo en el mercado de intercambio otros objetos más inmateriales
y abstractos aún, como son, entre muchos otros, las noticias y la información,
que como bienes valiosos pasaron a integrar también el negocio comercial.
La adquisición y el uso del
producto electrónico, implicó la incorporación de sus funciones con
prestaciones harto diferentes a las que pudo ofrecer cualquiera de las máquinas
del pasado humano, cuya tecnología,
aún siendo automática, hoy nos parece tosca y primitiva frente a las maravillosas
prestaciones que ofrece cualquier adminículo electrónico.
La tecnología
electrónica introdujo primero al mercado sus propios aparatos, y simultáneamente
otros productos de intercambio comercial como las crónicas, las imágenes y el
entretenimiento, nuevos objetos de comercio,
desde hace aproximadamente unos 50 años.
El mundo virtual:
Uno de los más recientes
aportes de la tecnología electrónica han sido los datos, su procesamiento y la posibilidad de su manejo sistemático y
organizado. Con las técnicas de administración de datos, no solo se han
incorporado más objetos nuevos al comercio, sino que se han traspasado
fronteras, hacia tierras que la especie humana nunca tuvo la posibilidad de pisar
en toda su historia sobre el planeta. Los avances tecnológicos traídos por los
computadores pusieron a nuestro alcance metas no imaginadas ni siquiera por
nuestros propios padres. Nos han acercado a la luna y a las estrellas, nos han
mostrado el corazón de la materia, el funcionamiento de las células, han
revolucionado el arte de curar, han prolongado la vida humana mucho más allá de
cualquier límite soñado en el pasado, y hasta han descifrado los códigos por
los que se transmite la vida.
Todos estos son nuevos productos
de intercambio que se han sumado al mercado desde hace unos 40 años.
Tal vez uno de los más
curiosos objetos de comercio aportados por el procesamiento de datos son las hipótesis, que trabajan sobre las
probabilidades y posibilitan predicciones cada vez más ciertas, permitiéndonos anticipar
los acontecimientos futuros con un alto grado de certeza.
Vaticinios que hoy
también se compran y se venden en enormes cantidades desde que hay por ellos
una gran demanda, especialmente en épocas electorales…
Novísimos objetos de
comercio cuyo principal consumidor es
el mismo mercado comercial, porque las
proyecciones y los pronósticos le son imprescindibles para fijar por sí mismo sus
propias metas, y establecer la velocidad y la dirección de su avance, que hoy
ha devenido en autónomo.
La diversidad actual de
los objetos de comercio es tan grande que parece infinita, dando la impresión
que no hay absolutamente nada que no pueda comprarse o venderse, en algunos de
los también infinitos mercados existentes. Las mercancías, bienes, productos,
artículos, servicios, cosas, datos, imágenes, promesas, información, técnicas,
fórmulas, vaticinios, profecías, y cualquiera de los entes o elementos que se
pueden comerciar ya no entran en ningún catálogo, y sin embargo la civilización
de la era tecnológica los sigue creando, minuto a minuto, en una progresión
ilimitada.
Hora a hora la voracidad
del mercado sigue su loca carrera hacia el mañana, batiendo a cada instante sus
propias marcas, y ha desarrollado un impulso propio que lo empuja hacia delante
en un avance desenfrenado, incentivando cada vez más el sobre consumo, el hiper
consumo y el despilfarro energético.[9]
El impacto ambiental provocado
por semejante espiral tampoco tiene precedentes. A la polución derivada de la
generación de energía se le agrega el saqueo a los bienes naturales, la
contaminación de las aguas potables por los vertidos industriales y orgánicos,
el calentamiento global inducido por las inmisiones en la atmósfera con sus
consecuencias en las lluvias ácidas y en el derretimiento de los hielos, en las
montañas de residuos, desechos y desperdicios que se amontonan o desparraman
por doquier, y que han transformado a la especie humana en una perfecta especie
testigo para los arqueólogos, - tal vez ni humanos -, de un lejano futuro.
Una especie viviente que
se desarrolló en menos de un millón de años, que se expandió por todo el
planeta, y que dejó basura en todos los lugares donde estuvo, es el tipo ideal
para datar los viejos estratos geológicos.
La nueva era tecnológica:
De la breve síntesis
expuesta, surge claramente que hoy vivimos dependientes de una civilización
tecnológica que se nutre, se mueve y se sostiene únicamente en las reglas
dictadas por sí misma, atrapados en una telaraña que abarca, comprende, penetra
y atraviesa todas las acciones humanas.
Toda nuestra existencia
se desarrolla en el seno del entramado de una nueva teckne, amoral y posmoderna,
que se mueve con un dinamismo propio, que analiza sus resultados y plantea sus
propios objetivos, que planifica por sí misma su desarrollo y que fija también por
si misma la dirección y la fuerza de su evolución, empujando y sobrepasando holgadamente
la voluntad, los valores y las reglas de sus propios creadores, quienes además ya
han caído rendidos bajo su absoluta y total dependencia.
Igual que el viejo Hal,
aquel enorme computador que guiaba la nave cósmica que imaginó Stanley Kubrick
en su película “2001 Odisea en el Espacio”, la teckne nos ha arrebatado de las
manos el control de la acción, y ahora sus propios mecanismos, infinitos en su
variedad y sofisticación, se van convirtiendo acumulativamente en la ley
autónoma de su propia continuación.
Al humilde aprendiz del
viejo taller que había llegado a ser un obrero fabril especializado, la
industria lo mató, la corporación lo cocinó y ahora la aldea técnica global se
lo está comiendo.
Las nuevas tecnologías, auto
impulsadas y emancipadas, que ya no responden más que a las exigencias del
mercado y a las suyas propias, han ido sustituyendo a las personas en todos los
procesos productivos, y con la consecuente disminución de la actividad humana también
va desapareciendo la función dignificante que tenía el trabajo en la
vida del hombre. En todas las regiones pobres del planeta crecientes cantidades
de desocupados van quedando al margen de la corriente mundial, y buscan algún
magro recurso para sobrevivir, moviéndose a tientas entre la subocupación y el
delito. Estos individuos, carentes de ingresos y por lo tanto imposibilitados
de acceder a mejores condiciones de vida, quedan condenados a ver por
televisión la apología publicitaria global, que alienta una vida de placer,
estimulando cada día más el hiper consumo, el descarte y el despilfarro, en un
creciente y acelerado remolino.
Algunos pocos emigrarán
hacia las regiones más desarrolladas — a las que deberán ingresar en forma
ilegal o clandestina, -- en muchos casos arriesgando hasta la propia vida —
intentando obtener alguna mejor perspectiva personal, o simplemente para obtener
un trabajo. Otros se quedarán en sus regiones de origen, esperando la llegada
de un futuro miserable. Dentro de esa mísera expectativa, son pocos los
placeres de la vida a los que estas poblaciones humanas podrán acceder, en el
limitado marco que les impone su humilde condición. Uno de esos placeres será
el sexo, con su secuela de riesgo sanitario y su consecuencia de aumento
poblacional.
Y como toda la especie
humana está percibiendo intuitivamente
a qué velocidad se está cerrando la espiral que se intentó describir en estas
pocas páginas, los abusos de poder y el imperio de la injusticia van sumiendo
lentamente a muchos seres humanos en el escepticismo, en la resignación y en la
desesperanza.
Tal vez por eso otro de
los placeres del mundo de hoy son las drogas…
La vida y la muerte:
En tanto desde muy
arriba, los ojos atentos de los satélites determinan qué se siembra en el mundo
cada año, cuánto se siembra, cómo se siembra y dónde se siembra, qué se cría,
cuánto se cría, dónde y cómo se cría, qué se fabrica, cuánto, dónde y cómo se
fabrica, y así sucesivamente…
Y los que deciden las
suertes son cada vez menos; aquí sí, allá no; aquí dos, allá cuatro; aquí
ahora, allá nunca…
Son los neo emperadores
de este circo pobre y triste del nuevo milenio, que con sus decisiones disponen
de las vidas y de las muertes:
Pulgar arriba, pulgar abajo…
En Africa sub sahariana
dos naciones están a punto de desaparecer, porque sus poblaciones están
infestadas en un 90% por virus letales como el ébola y el sida. Están
condenadas a morir desde hace tiempo, porque las reglas de mercado dicen claramente
que si no pueden pagarlos, para ellos no hay, ni habrá remedios.
Las mismas reglas del
mercado son las que determinan la dirección de las investigaciones científicas,
y por ello no se escatiman partidas destinadas a la investigación y desarrollo
de medicamentos como el Viagra, cuyo enorme mercado asegura jugosas ganancias,
pero no hay ni habrá financiación para investigar vacunas para una enfermedad
como el mal de Chagas, una dolencia letal, pero circunscripta a un área local
sudamericana, pobre y “emergente” que no devolverá la inversión, y está por lo
tanto igualmente condenada al sufrimiento, la desolación y la muerte.
Tampoco faltan fondos
para la fabricación de armamentos, cuyas ganancias son fantásticas. Su
colocación en el mercado es sencilla, y si
no ha sido asegurada de antemano en alguna “conferencia de paz”, siempre es muy
fácil provocarla, y además sobran los bancos y fondos de inversión dispuestos a
otorgar la financiación que haga falta para adquirirlas.
Hemos omitido a la
muerte, que también es un antiguo objeto del mercado de intercambio, un
producto que no hizo más que aumentar mientras la humanidad atravesaba su
historia.
Todas las masacres
humanas que se desencadenan en el mundo de hoy tienen siempre por escenario las
regiones más superpobladas y empobrecidas de la Tierra, como son China, el
Paquistán, Afganistán, Irak, y otros países de Asia, Africa Central o las
desertizadas tierras del Cercano Oriente, y por lo general toman la forma de
conflictos étnicos, religiosos o raciales.
A estos conflictos se
les suman otros, provocados directa o indirectamente por las regiones energéticamente
ricas y tecnológicamente más avanzadas, que después de venderles las armas para
que se maten, se autoerigen en adalides y guardianes de los valores de la
especie humana, campeones mundiales de los hoy denominados “derechos humanos”,
y únicos defensores, custodios y garantes de la “libertad” y de la “justicia”,
inventores de las “guerras preventivas”. Estos conflictos, que dejan ríos de
lágrimas y montañas de cadáveres, siempre tienen por escenario las regiones más
pobres del planeta.
Biotecnología:
Los
adelantos tecnológicos actuales han puesto en manos del hombre contemporáneo
las herramientas necesarias para modificar hasta la misma arquitectura de la
vida, y está demostrado claramente que no ha dudado ni por un momento en
hacerlo.
Con
la creación de organismos clonados y especialmente con la enorme difusión de
las especies genéticamente modificadas, la especie humana ya ha invadido todos
los ecosistemas planetarios con sus propias creaciones, impulsando los monocultivos
y creando seres híbridos de cualquier clase, cuya construcción, diseño y distribución
son determinados por las ecuaciones que rigen la producción y el consumo, o sea
los costos, la oferta y la demanda que imponen las actuales reglas del mercado.
La selección artificial,
los trasplantes de órganos, la fertilización in vitro, la clonación, los
implantes embrionarios, la recombinación genética, los organismos genéticamente
modificados, la manipulación del ADN, han sido algunos de los hitos que
señalaron este camino.
Muchas de las
consecuencias traídas por estos y otros avances biotecnológicos han alterado
sustancialmente los bordes físicos, psíquicos y éticos entre los que se
desarrolló la vida humana desde su aparición sobre la tierra.
El nacimiento y la
muerte, que siempre fueron límites infranqueables de cualquier experiencia existencial,
y por esa sola razón siempre se consideraron parámetros ciertos, absolutos e
ineludibles a la hora de valorar y juzgar todas las acciones humanas, han sido
literalmente borrados por la nueva teckne.
Sin espacio ni tiempo suficiente
para ninguna reflexión ética, hoy se
ofrecen en el mercado comercial fecundaciones in vitro, alquileres de vientres,
bancos de esperma, clonaciones, trasplantes de ovarios y embriones humanos
garantizados que se mantienen congelados vivos por años[10],
apilados en bancos criogénicos hasta el momento de implantarlos en diferentes
vientres, o hasta su destrucción, porque han caducado.
Desde el ángulo
estrictamente jurídico, ha quedado relegada completamente la importancia
práctica la determinación del momento de la concepción de un ser humano, porque
cada vez son más numerosos los casos en que esa circunstancia no puede
determinarse con ninguna precisión, y los bancos genéticos, la mayoría de ellos
funcionando bajo el paraguas protector del anonimato, tampoco permiten la determinación
precisa de las filiaciones.
Etica:
Cada vez hay más
personas en este mundo que no se sabe cuando fueron concebidas ni por quién, y
en el otro extremo del espectro, borrando el límite de la muerte, cada vez hay
más gente que para morir, necesita una sentencia judicial, de lo contrario la
mantienen viva por años.
España ha sancionado y
promulgado recientemente la ley 14/2007 reglando y autorizando las
manipulaciones biogenéticas en embriones humanos con fines de investigación
científica.[11]
El parlamento británico
que ya había aprobado la clonación de embriones humanos con fines terapéuticos
en diciembre de 2000, ahora ha autorizado la inserción de ADN de animales en
embriones humanos, claro que a los embriones hay que matarlos a los 14 días,
porque sólo pueden ser materia de experimentación.[12]
Una condición
absolutamente inútil y hasta infantil, porque muchos son los virus que nunca
debieron escapar del laboratorio, y sin embargo un día salieron de allí, y
todavía están paseando por el bosque.
La “Quimera”, aquel león
con cabeza humana, ya está a la vuelta de la próxima esquina.
La medicina:
La medicina, aquel viejo
arte de curar, cuya finalidad era aliviar las dolencias humanas y combatir las
enfermedades, no solo se ha transformado en un obsceno objeto de comercio, sino
que se ha convertido en otra cosa completamente diferente de lo que siempre
fue.
Como se vencen los
fármacos y caducan los embriones humanos, del mismo modo ha caducado el
juramento hipocrático, y hoy la investigación
biomédica debería replantearse los caminos de su desarrollo para no desviarse
de lo que fue su génesis, y su fin esencial: la conservación y mejora de la
salud humana. Esto no sólo exigirá acrecentar el caudal de conocimientos, sino
una adecuada y razonablemente rápida traslación de los nuevos hallazgos y
técnicas a la práctica médica y al cuidado de los pacientes.[13]
Un objetivo inalcanzable
mientras la ciencia médica siga operando como lo está haciendo actulamente,
divorciada de la ética y subsumida íntegramente bajo las reglas actuales del
mercado.
La biología molecular,
la biotecnología y las técnicas de manipulación y recombinación genética están
aportando al mercado actual de intercambio sus más frescas e inmorales
creaciones.
La práctica de comprar y vender gametos humanos ya es
usual, y afecta de manera importante la relación que tenemos con nuestro
material genético, la medida en que los lazos familiares son creados por la
naturaleza y la voluntad humana y el papel que debería desempeñar el mercado en
la formación de familias. El momento presente se centra en dos preguntas éticas
y de política que surgen cuando la gente forma familias con gametos
proporcionados por otras personas. Primero, las personas creadas con gametos
donados, ¿deberían poder conocer la identidad del o de los donantes? Segundo,
la venta de óvulos y esperma, ¿debería prohibirse, regularse, o dejarse al
mercado libre? [14]
Esto hace pensar
razonablemente en un futuro que ya se avizora muy próximo. En los escaparates
de las tiendas de un mañana bien cercano, podremos encontrar, entre las ofertas
del mes, la promoción de algún laboratorio biomédico que ofrezca un par de
hijos garantizados. En el pack podrían incluirse sus respectivas inserciones
uterinas, un tratamiento de apoyo hasta el quinto mes de gestación, y un
completo manual del usuario con todas las características genéticas de ambos
especimenes. El manual obviamente deberá cumplir los requisitos que exigen las
leyes de defensa del consumidor.
El descubrimiento del
mapa genético humano y el dominio de las técnicas apropiadas para su
manipulación, han puesto al hombre
actual frente a la posibilidad cierta y concreta de auto diseñarse, tornándose
por primera vez en su historia, en el constructor de sí mismo. Cualquier juicio
acerca de quién determinará los modelos elegidos, por qué razones lo hará, quién
diseñará al próximo ser humano, que caracteres y funciones seleccionará, y con
que fines, en base a que parámetros o con cuales valores lo hará, son todavía y
por muy poco tiempo, meras especulaciones que aún no tienen respuesta.
Siguiendo el camino por
el que llegamos hasta aquí, probablemente sean las reglas del comercio, sus
ecuaciones de costo-beneficio, los mecanismos de análisis de mercado, la
publicidad, el marketing, la oferta, la demanda, y las circunstancias
políticas, algunos de los tantos factores que se combinarán rápidamente para
determinar cual será el diseño de esos futuros seres ¿humanos?, mientras en
medio de este descomunal caos ético, la teckne seguirá proponiendo, hora tras hora,
sus nuevas utopías.
De que lo intentaremos,
ya no pueden caber serias dudas.
Conclusión:
La degradación ambiental
no parece ser consecuencia del comercio, sino de todas las actividades,
actitudes y procesos que el mercado comercial impulsa desenfrenadamente, y
cualquier intento por atacar los efectos de estos fenómenos sin considerar las
causas que los están provocando, es como tratar de curar un cáncer con
aspirinas.
En este breve trabajo
podríamos haber hecho un análisis exegético y comparativo de las leyes que
rigen el comercio, de los tratados internacionales, de engaños, sus trampas y
escondrijos, denunciar sus incumplimientos y sacar a la luz las intenciones políticas
que ocultan, pero optamos por otra visión, porque nos pareció que una vista panorámica
sobre las causas de los fenómenos, podría ser más útil a la hora de intentar neutralizar
sus efectos.
La óptica elegida nos
pareció eficaz para mostrar las consecuencias que han derivado de las
relaciones entre el comercio y el ambiente para los sistemas sustentadores de
la vida, pero sobre todo para revelar el modo como se llegó hasta aquí, y
especialmente para ver la dirección que llevamos. Si en el tiempo de la guerra
fría comenzó la preocupación universal por la amenaza atómica, la degradación ambiental
está amenazando con daños mil veces más grandes que los que pudieron haber
causado las explosiones nucleares, y el mercado actual de intercambio, enloquecido
y autónomo, corriendo hacia el futuro, acelerado por el impulso de su movilidad
intrínseca y obedeciendo nada más que sus propias reglas, amenaza con provocar daños
cien mil veces más grandes que la bomba atómica.
Dr. Héctor Jorge Bibiloni
Abogado
Prof. Derecho Procesal
Universidad Católica de La Plata. Argentina.
Prof. Derecho Ambiental
Universidad de Belgrano. Buenos Aires. Argentina.
Medalla al Mérito Académico
Universidad Autónoma de México. México DF
Presidente de la Fundacion Argentina
del Medio Ambiente (FUNDAMA)
Miembro de la Liga Mundial de Abogados
Ambientalistas
[1] Mateo, Ramón M., Tratado de derecho ambiental,
Trivium, Madrid, 1991, p. 88.
[2] Bustamante Alsina, Jorge, Derecho ambiental,
Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1995, p. 2.
[3] Diccionario de la lengua
española, Océano, Barcelona, 1995, p. 56.
[5] Toffler Alvin, La
Tercera Ola, 2* edición, Plaza & Janés, Barcelona,
1987, pág.93
[6] “Las bombas de agua
movidas a vapor facilitaban la extracción del carbón, pero exigían por su parte
carbón extra para alimentar sus calderas, más carbón para los altos hornos y
fraguas que fabricaban esas calderas, más para extraer el necesario mineral de
hierro, más para su transporte hasta los altos hornos, más de ambas cosas, -
carbón y hierro- para los necesarios raíles y las locomotoras que se fabricaban
en los mismos altos hornos, más para el transporte del producto de los altos
hornos hasta los pozos mineros y viceversa, y finalmente mucho más para la
distribución del cada vez más abundante carbón a los consumidores situados
fuera de este circuito, que de forma creciente eran máquinas que debían su
existencia precisamente a la mayor disponibilidad de carbón, y seguían
aumentando su demanda, y la de los productos de la siderurgia…etc.” Jonas,
Hans. Técnica, Medicina y Etica, pág. 25, Ed.Paidos, Barcelona, 1997.
[7] D’Argenio, Ajberto,
Iezzi, Luca, La Reppublica, pág.13,
Roma, 18/9/07
[8] Toffler, Alvin, ob.cit. pág.81
[9] Bibiloni, Héctor
Jorge, El Proceso Ambiental, pag.18,
LexisNexis, Buenos Aires, 2005.
[10] Madrid, 21 de septiembre
de 2007.– “En España se estima que existen más de 200.000 embriones humanos
congelados, cifra en tendencia ascendente al igual que en otros países de
Europa. Sólo entre Gran Bretaña, Francia y España se podrían superar los
783.379 embriones crio conservados”, afirma el director de la Fundación Vida,
Manuel Cruz. http://www.diariodigital.com.do/articulo,20370,html
[11] (BOE N* 159 del 4/7/07)
[12] http://www.eitb24.com/noticia/es/B24_64834/internacional/
[13] Martinez Caro, Diego, en http://www.bioeticaweb.com
[14] Shanley Mary Lyndon, en Revista Internacional de Filosofía Política, Universidad de La Rioja, España, ISSN
1132-1432, N*18, año 2001, Pag. 99/120